Profecía: prólogo

¡Hola, lectorxs!

Me hace mucha ilusión adelantaros el prólogo de Profecía: la Mafia es solo el comienzo, tercera parte de la Saga Mafia, que sale a la venta el 20 de agosto de 2020 en Kindle Unlimited y que ya tenéis disponible en físico en Amazon.

¡Espero que os guste!

Prólogo

Un mes antes.

ROBERTO MARCONNI

Me levantaba cada día con la misma pregunta rondando en mi cabeza. ¿Será hoy el día de mi muerte?

A las personas que llevaban una vida como la nuestra, la muerte las acechaba constantemente, escondida entre las sombras, esperando el momento propicio para hacer su aparición.

La vejez, tal y como la entendíamos concebida, era un lujo que solo unos pocos afortunados podrían alcanzar.

Mis padres habían tenido esa suerte, aunque también ellos estaban acostumbrados a convivir con la muerte, de una forma u otra.

Nos pisaba los talones.

Era puro arte.

Magia.

El resultado final.

Y en cierto modo, incluso la deseaba. Dejar atrás todo lo que me ataba a este mundo y descansar.

Pero no lo haría.

La realidad era que ardería para toda la eternidad, tal y como prometían las llamas del infierno. Porque, aunque siempre había procurado ser una persona justa y honesta, tenía que reconocer que no era una buena persona.

Había transgredido tantas veces la ley, que llegué a inventar mis propias normas. Creé un código de conducta que seguía fielmente y que le exigía a los demás. Nunca había querido ser alguien temido, pero sí respetado. Me consideraba accesible para mi familia y mis empleados, y escuchaba sus opiniones, pero siempre era yo quién, finalmente, decidía sobre todas las cuestiones, según mi propio criterio.

Todos los que estaban a mi alrededor se sentían obligados a cumplir mis expectativas y yo pensaba que aquéllo estaba bien, que era como tenía que ser, porque yo era el cabeza de familia. Solo yo sabía lo que era mejor para todos.

Me convertí en la ley y coloqué las trampas para que mis enemigos cayeran en ellas. Como yo lo veía, la justicia era un concepto utópico al que jamás conseguiríamos llegar. Cada persona tenía su propia forma de ver la vida y sus creencias. Las leyes eran unas en Estados Unidos, pero otras en Italia o en España. ¿Quién me iba a impedir aplicar las que yo quisiera?

Era una persona admirada, un referente en la comunidad de Nueva York, y mi legado se extendía hasta Florencia, Pisa y Sicilia, dónde la familia de mi mujer, los De Lucchi y la de mi madre, los Spígola, nos guardaban las espaldas y nos daban parte del pastel. Lo tenía todo controlado. Como siempre. O eso quise creer.

¿Será hoy el día de mi muerte?

Todos los días me atormentaba lo mismo. Cincuenta y tres años de aciertos, errores, decisiones e intrigas, hasta que llegó el momento y no lo vi venir. Nunca pensé que fuera ese. El día había transcurrido de forma normal, como cualquier otro día.

Pero no se podía aplazar lo inevitable. Lo que estaba escrito en piedra y destinado a cumplirse. Todos acabaríamos muriendo, tarde o temprano, y a mí me había llegado la hora. Por eso, lo dejé todo muy bien atado para los míos. No podía revelar lo que tanto me había torturado estos años, pero no me iría de este mundo sin dejar pistas para que mi hija lo averiguara. Era inteligente y, pese a su juventud, confiaba en ella más que en mí mismo. Yo la había enseñado y tendría a mi cuñado, Agostino, para ayudarla y guiarla.

Agostino siempre había sido mi mano derecha, un hermano más que un cuñado, pero él tampoco podía contar lo que sabía, al menos, por el momento. Yo no iba a ponerle en ese compromiso, pese a estar seguro de que acataría mi voluntad y la llevaría a cabo, hasta sus últimas consecuencias. Incluso, aunque su propia vida corriera peligro. Esa era la clase de relación que teníamos, y no podía estar más orgulloso de contar con alguien como él entre mis filas.

Por eso sabía que, si Blake se desviaba del camino, Agostino le aconsejaría sutilmente qué dirección tomar. Era ella quien tenía que averiguar lo que estaba ocurriendo y todo estaba preparado y dispuesto para que así fuera. Todo debía salir tal y como lo habíamos planeado.

¿Será hoy el día de mi muerte?

Por supuesto que lo era. Y no podía retrasarlo más, porque ese momento era el único en décadas, que no había dependido enteramente de mí o de mis acciones. Ese momento formaba parte de algo más grande, de un poder superior, y sus decisiones pesaban más que las mías propias.

Así que yo, que jamás acataba lo que los demás querían; yo, que era ley, en toda la extensión de la palabra, respiré hondo y, por primera vez en la vida, asumí mi destino, preparado para lo que me iba a encontrar al otro lado.

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